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20 de octubre de 2013

Erick Cortez En Ajacuba, No Conquistó La Tarde Por El Mal Uso De La Espada




Por: Víctor José López “El Vito”

 

La dureza de los toros de Atenco tiene siglos de fama. Fama de cuando El Ecijano estoqueó dos toros en La Habana, allá por 1890 cuando esta ganadería exportó por primera vez toros de México al exterior. Un hierro forjado al calor de los doce pares de vacas y de toros navarros que llevó a México Juan Gutiérrez Altamirano en 1524, pero que creció entre los conceptos de los condes de Calimaya y desde 1878 por los dequien don Rafael Barbabosa Arzate convertiría esta ganadería en la madre de la ganadería brava mexicana.

Pues bien, esto para decirles que aunque han cruzado a Atenco con reses de Pablo Romero, primero, y más tarde con la sangre de San Diego de los Padres, estos arrogantes toros no han evolucionado acorde el toreo moderno, y presentando fiera lidia es como si reviviéramos los días de don Bernardo Gaviño o del Caporal de Atenco, el maestro Ponciano Díaz.

Este fue el cuadro que encontró Erick Cortéz en su mano a mano con Javier Tapia "El Calita", buen torero mexicano que merece mejor destino que el horizongte desplegado la tarde del viernes por los toros de Atenco en la plaza hidalguense de Acacuba la tarde de su feria de Santa Teresa.


Cortéz pudo haberle cortado por lo menos una oreja a sus difíciles toros, ante los que estuvo empeñoso y entendido; pero sus yerros con los aceros le impidieron el éxito que se mereció con capa y muleta. El resumen de su labor fue de aviso y palmas y palmas en el tercero de la tarde.

El Calita, torero de finas hechuras y entendido planteamiento, escuchó palmas y cortó una oreja.