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8 de diciembre de 2014

César Faraco... Entre la niebla torera de su nobleza


Por: César Dao Colina

Estuviste siempre solo, pero rodeado de gente. Como, hoy, cuando paso por las viejas Arenas de Valencia y recuerdo el cartel que reposa en los enmaderados archivos del mueble de mi abuela Lucía, "faraquista" de rompe y fuego, anunciando el triunfal debut arrastrando centenas  de aficionados desde el inicio de tu periplo profesional siempre rebañado por la entrega, el paroxismo colectivo y la verdad que había en tu toreo...Algo así como las manos de un mago sin magia y un pastor con muchas ovejas...

Hoy, reabro estos viejos pero acalorados papeles y leo cómo pincelan tu paso por el toreo, cómo, entre la vida misma: la dureza hispana y la bondad de la Casa Bienvenida, los valores enlazados en los afectos inolvidables, porque, agradecido fuiste, con el ídolo de multitudes criollas Luis Sánchez Olivares "Diamante Negro". Madrid, Sevilla, y cuantas plazas ovacionaron tantas serenidades recamadas en cercanías ante los pitones de los toros que matizaron duras cicatrices  sobre el cuerpo de un hombre alumbrado por la bondad y la honradez. La educación y el buen trato, la lealtad y el señorío colgado en el marco hasta la hora comprometida de tu muerte...callada, sin demasiados empeños y debajo de los efectos de una tenue luz...
César Dao brinda a los maestros Antoñete y Faraco en el festival de la amistad‏
Te veo muy a mi lado en el México de mi alma escondida, hilvanando tertulia con el maestro Lorenzo Garza Arrambide, quien cumplía aniversario de edades en casa de don Pedrito Illana; con el compadre Silverio, la intelectualidad de Pepe Alameda, la sabiduría de  Fermín Espinoza Saucedo "Armillita"; los maestros Peraza y  Cobo, buril y pincel de los buenos empinados sobre el arte de las artes, entretanto, el ganadero don Javier Garfias de los Santos, apuraba un largo puro con un buen caldo francés muy estimado cuando las horas dejaban alientos de prendas, lentejuelas de oro, arenas ensangrentadas, soles y lunas, vida y muerte; sedas límpidas y madrugadas arreboladas...amores sin zozobras, amando a quien ama y sonriente, siempre, ante quien odiaba. César Faraco Alarcón, siempre curtido sigilosamente en las soledades de tu real intensidad. Dejándote ver como la nobleza del toro bravo... Faraco de Faraco.

Son tantas y cuantas reminiscencias apretujadas, "Faraquito", que cuando de reojo alcanzo el baúl de la noble abuela, revoloteó de alegría entre tus papeles y dedicatorias, "con mis mejores afectos", me veo, muy chico a tu lado en su vieja casona de la avenida Bolívar donde fuiste invitado permanente. Así, "Tocayito',  como en las colmadas salidas a hombros, los redondos al compás, naturales "desdenados", o, con  el boquete inundando de sangre el blanco punto en  la jornada gris plomiza, seria, con olor a cercana enfermería: la risa y el llanto, siempre serenas, enlentecidas como la magia y las ovejas...así, como la vida.

Los andes venezolanos, comarcas en serranías, guardan el aldabonazo que rompe la garganta de tu espaciosa presencia, serenísima voz, pausado caminar cual paseíllo moldeado en un lance a pies juntos.